El cambio climático en el Ártico

La «calentura» del Ártico

Ambos polos del planeta son de los lugares más sensibles al cambio climático. El agua en cualquiera de sus formas resulta ser un excelente indicador de la salud del entorno y en este sentido, el hielo ártico y el hielo antártico nos están mostrando día tras día evidencias que ponen de manifiesto un calentamiento global acelerado. De hecho, no se está produciendo un aumento lineal del deshielo, sino que el proceso se va haciendo más rápido año tras año en una tendencia que arranca en el siglo XIX, aunque en los últimos años la velocidad de los cambios sorprende. Por poner una cifra reconocible, en el último lustro, la pérdida anual de masa de los graciares de los polos norte y sur equivale a más de 250 millones de piscinas olímpicas.

Pero centrémonos en el más sensible de ambos, el océano Ártico, esa enorme masa de agua que se sitúa aproximadamente por encima de los 65º de latitud norte. El hielo marino ártico es el área del océano que está cubierta por hielo. Su máximo anual suele producirse a finales del mes de marzo, al final de la temporada de invierno, mientras que el mínimo anual se suele medir en septiembre, al final de la temporada de fusión del verano.

Su presencia, extensión y espesor es importante por varios motivos. En primer lugar, el hielo marino del Ártico mantiene la temperatura fría de las regiones polares, con lo que ello supone para la estabilidad del ecosistema. En segundo lugar, tiene un importante efecto albedo (reflexión de la radiación solar), lo que colabora en el mantenimiento de la temperatura, entre otros parámetros, en el interior de la atmósfera. También es importante por la contribución que tienen los ciclos de hielo/deshielo a la introducción de agua fría en las corrientes marinas y, consecuentemente, al efecto que estas tienen en todo el planeta. En este sentido, en el caso de los glaciares de Groenlandia (íntimamente ligados a los ciclos climáticos del hielo ártico), el deshielo provoca una aportación excepcional de agua dulce, provocando en el océano una disminución en la temperatura, la salinidad y la densidad del agua. Por estos motivos, entre otros, la extensión del hielo ártico es importante.

Durante siglos, la extensión del hielo marino ártico también ha sido de enorme interés pues condicionaba el Paso del Noroeste, una ruta importante para el comercio y la navegación. Por este motivo, existe un amplio registro de la evolución del hielo en base a las anotaciones de los barcos que atravesaban aquella zona, aunque es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando se sistematiza su seguimiento gracias a la lectura de la información procedente de los satélites. 

En las últimas décadas, el hielo marino del océano Ártico se ha derretido más rápido de lo que se vuelve a congelar en invierno, lo cual es atribuible, según el IPCC (Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) [ ver ], a los gases de efecto invernadero. Una de las conclusiones más preocupantes ha sido constatar que toda la región ártica está en su momento más cálido de los últimos 4.000 años. Otro dato negativo es que la temporada de derretimiento en todo el ártico se alarga a un ritmo de cinco días por década. La amplitud de las aguas libres, sin hielo, propician una mayor absorción de sol, con lo que la tasa de derretimiento del hielo marino se encuentra en un bucle creciente de difícil corrección.

La disminución del hielo marino tiene un potencial notable para acelerar significativamente el calentamiento global y los cambios climáticos.

La predicción de casi todos los grupos de estudio sobre este tema apunta a que en la década de 2020 llegará el primer verano ártico sin hielo. Lamentablemente, ya es tarde para revertir ese proceso, pero ahora es un buen momento para que cada uno de nosotros pensemos que todavía hay cosas que podemos corregir con el fin de evitar que otros problemas relacionados con el cambio climático sigan el mismo camino. 

El cambio climático en el Ártico

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